domingo, 6 de enero de 2013

Puntualidad



La necesidad de la puntualidad se pone de manifiesto cuando a uno le toca esperar por alguien que es impuntual por defecto o se ha retardado  por accidente o circunstancia eventual.
            Es evidente que a nadie le gusta esperar y menos hacerle antesala a quién se la eche de importante.  “El que espera desespera” dice el adagio y esto, sin duda, no solo es una verdad simple sino muy angustiante.  Por eso ha de ser, seguramente, que los ingleses conservan en parte su condición de flemáticos, pues casi nunca desesperan haciendo que lo esperen ni permitiendo que le retrasen la audiencia, pues sería tanto como adelantárseles en la “cola”.
            Comparables a los ingleses vendrían a ser los enamorados.  Estos, cuando están bien enamorados, no sólo son puntuales, sino que muchas veces llegan antes de la hora de la cita.  De allí que la escritora francesa, condesa Diane, diga en sus máximas de la vida que “uno llega con antelación, a la hora en punto o con retraso, según que ame mucho, ame todavía o no ame en absoluto”.
            La inversa de los ingleses, aunque no de los enamorados, serían los venezolanos, habituados a llegar después de la hora convenida a menos que en época de mucho desempleo busquen una chamba, como dicen los mexicanos.
            El geólogo José Nancy Perfetti, cada año cuando cogía la primera página de los periódicos de Ciudad Bolívar, para anunciar el equinoccio de otoño o el de primavera, algunos científicos udista decían que lo hacía asistido por el mero prurito de “pantallar”. Nunca creí que fuese por eso sino que su intención estaba dirigida a la reflexión sobre la puntualidad, pues durante el equinoccio el astro rey sale y se pone de lo más puntual, con una exactitud matemática asombrosa que envidian sólo los impasibles ingleses.

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